Amigas y amigos:

Estoy aquí porque los organizadores de este evento querían que fuera inaugurado por la persona más nerd de Costa Rica…

(aplausos)

pero Franklin Chang sólo podía hablar a las once y media. Entonces me pidieron a mí, que igual reunía algunas de las condiciones requeridas.

(risas y aplausos)

 

Mi buen amigo, Roberto Sasso, me garantizó que el auditorio también iba a estar lleno de nerds como él y como yo. Pero hay aquí gente demasiado bonita. Una de dos: o Roberto se equivocó, o vamos mejorando como especie social. Si así es como los nerds se ven ahora, creo que soy el eslabón perdido de su cadena evolutiva.

Veo que soy unos meses mayor que ustedes. Unos 400 o 500 meses. Pero no importa. Uno tiene la edad que tienen sus ideas. Cuando se trata de perseguir ilusiones, puedo ser el hermano gemelo de la persona más joven que hoy nos acompaña. Desde esa juventud del pensamiento, donde brota la fuerza del cambio, quiero dirigirles un mensaje esta mañana.

He venido a hablar de América Latina. He venido a hablar de la prima loca de la familia humana. He venido a hablar de esa región que, como alguien dijo alguna vez, haría de Kafka un costumbrista. No hay en el mundo una franja de tierra más llena de prodigios y de contradicciones. No hay en el mundo una esquina en donde convivan, en tanto desorden, escritores universales y campesinos analfabetas, políticos estadistas y dictadores militares, charlatanes ricos e intelectuales pobres, almas puritanas y fiesteros irredimibles. Nacimos en el centro de una copa que decanta los mejores y los peores néctares de nuestra especie. Eso nos hace propensos al absurdo, pero también nos hace sensibles al milagro: porque América Latina es infinitamente diversa, sus posibilidades son también infinitas.

Imaginen, por un instante, lo que sería nuestra región si le otorgáramos más poder a los programadores y diseñadores, en lugar de a los coroneles y a los generales. Si destináramos nuestros recursos a comprar más libros y computadoras, en lugar de más misiles y tanques de guerra. Si en lugar de muros y cercas alambradas, nuestras fronteras compartieran cables de alta tensión o redes de fibra óptica. Si en lugar de repetir en las escuelas la historia eterna de campañas bélicas, nuestros jóvenes tuvieran la oportunidad de asistir a charlas como ésta. Imaginen esa América Latina, ansíenla, quiéranla… y súbanse las mangas de la camisa, porque nos toca a nosotros construirla.

Creo que todos aquí perseguimos una misma utopía: la de una región en donde el desarrollo alcance a la mayor cantidad de personas; en donde todos los jóvenes concluyan, al menos, la educación secundaria; en donde cada habitante tenga acceso a internet y a un teléfono celular; en donde exista trabajo suficiente y un sistema universal de atención a la salud; en donde el crimen no nos robe la esperanza; en donde la pobreza no avergüence a nuestros pueblos; en donde la degradación ambiental no amenace con borrar los trazos de la existencia humana.
Nos falta mucho para llegar a esa utopía. El 42% de los homicidios con arma de fuego que cada año ocurren en el mundo, tienen lugar en América Latina, donde vive menos del 10% de la población mundial.

Uno de cada tres jóvenes latinoamericanos no llega nunca a ver un aula de secundaria, y sólo uno de cada diez logra matricularse en la universidad. Como consecuencia, la escolaridad promedio en la región ronda apenas los 8 años.

Una tercera parte de la población latinoamericana vive actualmente en la pobreza. Las mujeres y los niños llevan la peor parte de este flagelo, que tiene su raíz en la tremenda incapacidad de nuestros gobiernos para cosechar los frutos de la democracia, y elevar las condiciones de vida de nuestros pueblos.

Alrededor del 66% de la pérdida de cubierta forestal en el mundo, en lo que va del siglo XXI, ha tenido lugar en América Latina, que ha sido también víctima de las terribles consecuencias del cambio climático.

 

Somos la región más desigual del planeta. Miles de personas mueren cada año en nuestras naciones, por enfermedades prevenibles. Sólo una fracción de nuestros habitantes sabe usar internet. Nuestras democracias son débiles. Nuestra innovación es raquítica. Pero aunque nuestro pasado sea un acervo de oportunidades perdidas, no somos una región fracasada. Si algo tiene América Latina, es potencial.

Realizar ese potencial requiere dinero. Yo he venido aquí a decirles de dónde lo podemos sacar. Hay una cuenta de ahorros en el banco del tiempo. Un monto que hasta ahora no hemos querido tocar: el gasto militar latinoamericano. El año pasado, los países de la región destinaron alrededor de 60 mil millones de dólares a sus ejércitos. Ése es el costo de la guerra. Pero ¿qué pasaría si gastáramos esos recursos de otra manera? ¿Qué pasaría si convirtiéramos los costos de la guerra en dividendos de la paz?

Si los países latinoamericanos redujeran a la mitad su gasto militar, podrían aumentar la inversión en investigación y desarrollo en un 1% de su Producto Interno Bruto. En el caso de ciertos países, como El Salvador o Ecuador, esa cifra podría ser mucho mayor.

Pero tal vez la mitad del gasto militar nos parece demasiado. Bueno, si los países latinoamericanos redujeran en una cuarta parte su gasto en armas y soldados, tendrían recursos suficientes para comprar 150 millones de computadoras del programa One Laptop per Child. Con esto, podría entregarse una computadora a cada niño que se encuentra actualmente en el sistema educativo.

Pero tal vez una cuarta parte también nos parezca exagerado. Bueno, si los países latinoamericanos redujeran en un 10% su gasto en armas y soldados, alcanzaría para instalar Wi-Fi gratuito en las ciudades principales de nuestra región, potenciando las oportunidades de nuestros pueblos, que habitan mayoritariamente en las zonas urbanas.

Y si les parece mucho una décima parte, les digo que si los países latinoamericanos redujeran su gasto militar en un 5%, sería suficiente para otorgar una beca estudiantil, como las del programa Avancemos que introdujo mi Gobierno, a 3 millones de jóvenes, durante un año. Si dejaran de comprar un solo helicóptero artillado, darían alimento escolar a miles de niños durante toda la primaria. Si dejaran de comprar un solo avión de combate, podrían proteger decenas de kilómetros cuadrados de bosque. Y si dejaran de pagar el salario de uno solo de sus soldados, podrían pagar el salario de al menos un profesor de inglés.

Estos son los dividendos de la paz. Esto es lo que América Latina ganaría si dejara de apostar en la ruleta rusa del gasto militar. Yo llevo 25 años de estar hablando sin descanso sobre este tema. 25 años de estar hablando ante oídos que no quieren escuchar. Me dirán que no tiene sentido seguir luchando. Pero yo les aseguro que las condiciones han cambiado. Porque hace 25 años, no existía la posibilidad de que un ciudadano común iniciara un blog un día cualquiera, y ese blog fuera más leído que un periódico o una revista. No existía la posibilidad de crear un grupo de Facebook y convocar, en cuestión de semanas, a 3 millones de personas a manifestarse en torno a una propuesta. No existía la posibilidad de convertir un video casero en un fenómeno de sensación mundial.

Éste es el mundo que hizo famosa a Susan Boyle, con el poder de un clic. Éste es el mundo en que Wikipedia prácticamente ha desplazado a las enciclopedias, que durante siglos dictaron la palabra oficial del pensamiento.

Éste es el mundo en que cualquier persona puede seguir gratuitamente los cursos de Física o de Cálculo del MIT, la más prestigiosa universidad tecnológica del planeta, sin moverse de la sala de su casa. Nunca antes las personas normales, los que no son Presidentes ni Generales ni Gerentes ni Directores, habían tenido tanto poder.

Por eso creo que tenemos esperanza. Porque tenemos voz y músculo. Porque tenemos la capacidad de presionar por acciones concretas e inmediatas. Un celular, un ipod, una computadora, son herramientas poderosas de cambio. Parafraseando a Khalil Gibran, hoy les pido que no usemos esas herramientas para matar el tiempo. Usémoslas para vivirlo. Para hacer la diferencia. Para construir aunque sea una astilla del mundo que siempre hemos soñado.

Porque si la tecnología ha hecho poderosa a la gente normal, también debe hacerla responsable. Desde que ustedes tienen la capacidad de pronunciarse en contra de las vejaciones y las injusticias, tienen también el deber de hacerlo; tienen también el deber de contribuir con el progreso ético de la humanidad.

Este milenio dio inicio con el más devastador ataque terrorista, seguido por una guerra declarada unilateralmente y una crisis económica nacida de la codicia. Es obvio que un mundo más interconectado no necesariamente es un mundo más justo o más humano. Los valores no vienen en el disco duro de una laptop. No vienen en formato mp3 ni en una nueva aplicación de Twitter. Para eso, no existe nada más que el corazón humano. No existe más que la bondad y el coraje. La segunda década de este siglo merece más de lo que hasta ahora hemos podido construir, y más de lo que hasta ahora hemos sido incapaces de evitar. Nos corresponde la tarea de brindarle a nuestra región, y a nuestro planeta, una nueva oportunidad.

 

Amigas y amigos:

La historia humana se escribe en borrador. Por eso es una historia plagada de tachones, frases sin sentido, palabras repetidas y párrafos sin terminar. No sé cuántas veces en el curso de la historia alguien ha escrito la frase “y viviremos para siempre en paz…”.

Pero aunque esa frase ha sido borrada incontables veces del cuaderno humano, aunque no tengamos todavía un capítulo sin guerra y sin locura, en los siglos y siglos en que hemos habitado este pedazo del universo, nada impide que seamos cuerdos el día de mañana. Nada impide que aprendamos, por fin, a escribir en limpio las palabras de la paz.

De hecho la realidad ha cambiado. Este evento es una prueba de ello. Si los nerds del mundo pueden hacerse guapos; si un Presidente puede aprender, a la edad de los sesenta años, a usar Youtube y Googlear; si un grupo de jóvenes puede reunirse a reflexionar sobre las ideas que vale la pena difundir, entonces sí estamos mejor que al principio. Entonces sí tenemos razón para creer que seremos capaces de construir un mundo maravilloso.

Donde las armas no reciban los recursos que merecen los seres humanos. Donde la inteligencia sirva para promover el desarrollo sostenible de los pueblos. Donde la tecnología brinde cada vez más poder a la gente, y en donde la gente comprenda la inmensa responsabilidad que esto conlleva.

No debemos olvidar las hermosas palabras de Margaret Mead cuando dijo: “nunca duden de que un pequeño grupo de ciudadanos, pensantes, comprometidos, puede cambiar el mundo. De hecho, es lo único que ha logrado hacerlo”. En manos de ustedes descansa la potestad de construir la utopía.

Muchas gracias.

(aplausos)

El Presidente se quedo durante toda la actividad compartiendo con los asistentes y conferencistas